¿INCOMPRENSIBLE AFGANISTÁN?

¿Díganme ustedes de algún país a cuya población le encante que le invadan ejércitos extranjeros? Desde luego, a Afganistán no y, que yo sepa, a ningún otro país le ilusiona esa perspectiva.

Sin ir más lejos, pensemos en España. En el siglo XIX la invasión napoleónica dio lugar a una Guerra patriótica de Independencia que duró seis años (1808 – 1814), una guerra de guerrillas que libró el pueblo, constituido fundamentalmente por campesinos, contra el ejército de ocupación francés, y que acabó con la derrota y retirada de este.

Los ejemplos se podrían multiplicar y no siempre acabaron con la victoria de los invadidos. Más bien al contrario, en el siglo XIX y hasta la primera mitad del XX, vastas extensiones de Asia y de África fueron invadidas por ejércitos europeos que convirtieron a los países invadidos en colonias de sus imperios, el británico, el francés y el ruso, sobre todo. Pero sin ninguna excepción, que yo sepa, no sin ofrecer una resistencia esforzada y heroica aunque inútil frente a la superioridad de las armas europeas.

¿Hubo alguna excepción? ¿Algún país de Asia o de África escapó a la conquista y colonización europea en el siglo XIX y primera mitad del XX? Que yo recuerde, muy pocos: Japón, Siam, Irán, Afganistán y China, si bien esta última con una soberanía muy mermada.

¿Y Afganistán? La mayoría de sus pobladores han defendido siempre su independencia con una determinación inquebrantable. ¿Quién amenazó la independencia de los afganos en el siglo XIX? Dos imperios europeos: el imperio ruso de los zares por el norte y el imperio británico de la Reina-Emperatriz Victoria por el sur y el este. ¿Y cual fue el resultado? Los rusos que habían conquistado la mayor parte de Asia central (Kazajstán, Tayikistán, Uzbekistán y Turkmenistán) desistieron de invadir Afganistán. En cuanto a los británicos, a los que lo que de verdad les preocupaba era la posibilidad de la conquista rusa de Afganistán por su proximidad a la India, libraron dos guerras de conquista, las llamadas Guerras anglo – afganas. La primera, de 1839 a 1842, terminó de una manera desastrosa para los británicos (lo ha relatado magistralmente el historiador británico William Dalrymple en su libro: ‘El retorno de un rey: Desastre británico en Afganistán 1839 – 1842’), la segunda, de 1878 a 1880, acabó también con la retirada de los ingleses de Afganistán.

Invadir Afganistán es un mal negocio, pero nadie escarmienta en cabeza ajena (los británicos, ni en cabeza ajena ni en propia). Por ejemplo, ya en el siglo XX los británicos invadieron de nuevo Afganistán en 1919 con el mismo resultado negativo de las dos veces anteriores.

Luego, respondiendo al llamamiento de un gobierno comunista prosoviético, cuyas reformas fueron rechazadas por una mayoría de la población afgana, la Unión Soviética envió un ejército que luchó, desde 1979 a 1989, contra una guerrilla formada por combatientes fundamentalistas islámicos, ayudados, con ingentes cantidades de armas y dinero, por Estados Unidos, Reino Unido, Israel, Pakistán, Irán, Arabia Saudita y ¡Oh paradoja! la República Popular China. El resultado, una vez más, fue la derrota y retirada del ejército extranjero visto por la mayoría de los afganos como un ejército invasor.

Finalmente, al llegar el siglo XXI, Estados Unidos y sus aliados de la OTAN, España entre ellos, ha tropezado, como antes los británicos y los soviéticos, en la misma piedra. La guerra que ha librado, desde 2001 a 2021, contra los talibanes, que en esencia vienen a ser también combatientes fundamentalistas islámicos, ha terminado también con la derrota y retirada de sus fuerzas.

¿Incomprensible Afganistán ? No, no creo que haya ningún país en el mundo que acepte ser invadido por ejércitos extranjeros de buena gana. Es así de sencillo. Hay motivos sobrados para desconfiar de sus propósitos, de sus intenciones, de sus objetivos. Los ejércitos no son oenegés. Invaden y ocupan tu patria, tu tierra, tu casa, gentes armadas hasta los dientes con un aspecto, idiomas, creencias, costumbres y valores diferentes a los tuyos y no lo hacen, por mucho que prediquen lo contrario, por tu interés, sino por sus intereses, sean estos los que sean.

Invadir países es, debería ser, indefendible moral y políticamente. No hay ninguna excusa para aceptarlo. Ni por razones económicas, el motivo más frecuente y espurio, pero a la vez el más hipócritamente desmentido, ni por razones humanitarias, aberración en la que casi incurren algunos.

El desarrollo desigual de las naciones, de los países es un hecho objetivo, pero en esa misma desigualdad económica y social está la razón de la diferente implantación formal y real de los derechos humanos. Nadie, absolutamente nadie, puede presumir de respetarlos como se deberían respetar, pero en aquellos países donde se vulneran más, la solución no es imponerlos a golpe de bayoneta. Afganistán podría ser un ejemplo. El camino es otro, hay que reducir las diferencias económicas y sociales entre países y entre clases, y propiciar una globalización de los derechos humanos por medios pacíficos, siendo la ONU quién impulse en esa dirección.

¿Aislar al Afganistán de los talibanes? ¿Hacer de él un país aún más cerrado? Flaco favor se haría a sus habitantes más vulnerables, en este caso, las niñas y las mujeres. Lo que procede es exigir que la ayuda que después de 20 años de guerra y corrupción necesitará imperiosamente el pueblo afgano, principal víctima de este conflicto, se conceda en paralelo al cumplimiento paulatino de los derechos humanos, especialmente los de las niñas y las mujeres afganas.

Naturalmente no creo que haya dado con la fórmula mágica para resolver el sombrío panorama de Afganistán, si es eso lo que preocupa, pero de lo que sí que estoy seguro es de que el uso de la fuerza devastadora o de una política de apartheid internacional de dudoso éxito, ayudará bien poco al pueblo afgano a superar la tragedia que él, más que nadie, tiene que soportar.

Francisco Morote Costa

Las Palmas de Gran Canaria, 23 de agosto, 2021

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